sábado, 5 de diciembre de 2015

JOHN KENNEDY TOOLE


Ninguno de los pederastas en el poder será, por supuesto, lo bastante práctico para saber de artilugios como bombas. Esas armas nucleares se pudrirían en sus lugares de almacenaje. De vez en cuando, el Jefe de Estado Mayor, el Presidente y demás, vestidos con plumas y lentejuelas, divertirán a los dirigentes, es decir a los pervertidos, de los demás países con bailes y fiestas. Cualquier tipo de pleitos o disputas podrían resolverse en el salón de caballeros de una Naciones Unidas redecoradas. Por todas partes florecerán ballets y comedias musicales a lo Broadway y entretenimientos de este género, que probablemente hagan más feliz a la gente común que las proclamas lúgubres, agresivas y fascistas de sus anteriores dirigentes.

Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-


–¿Para qué vamos a llevar esa sábana vieja? –preguntó alguien–. Yo creí que esto iba ser una manifestación por los salarios.
–¿Sábana? ¡Qué sábana! –replicó Ignatius–. Estoy extendiendo ante vosotros la más orgullosa de todas las banderas, una identificación de nuestro objetivo, una visualización de todo lo que buscamos. –Los obreros estudiaron con más atención las manchas–. Si sólo deseáis irrumpir en la oficina como ganado, no habréis participado más que en un motín. Esta bandera por sí sola da forma y crédito a la sublevación. Hay cierta geometría ligada a estas cosas, cierto ritual que hay que observar. Bien, ustedes dos, señoras, esas de allí, tomen esto entre las dos, una de cada lado, y llévenlo así con honor y orgullo, con las manos bien alzadas, etcétera.

Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-


La señora Reilly maniobró y fue dando marcha atrás muy despacio. Al moverse el coche, sonó sobre sus cabezas un crujir de madera, crujir que se convirtió en restallar de tablas y chirriar de metal. Luego, el balcón empezó a caer en grandes fragmentos atronando sobre el coche con un estruendo sordo y pesado como el de una granada. Como un ser humano petrificado, el coche dejó de moverse y uno de los adornos de hierro forjado destrozó una ventanilla trasera.
–¿Estás bien, cariño? –preguntó angustiada la señora Reilly, tras lo que pareció el bombardeo final.
Ignatius emitió un gorgoteo. Los ojos azules y amarillos tenían un brillo acuoso.
–Di algo, Ignatius –suplicó su madre, volviéndose justo para ver a Ignatius sacar la cabeza por una ventanilla y vomitar por el lateral del abollado coche.


Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-

FABIO MORÁBITO


Regresa de noche, se desviste y decide no ponerse la pijama debido al calor que hace. Abre el minibar y saca una lata de cerveza. Mientras bebe se acuerda de su nueva vecina, va a la puerta de comunicación y la abre. Ve que la otra puerta está ligeramente abierta y el corazón le da un vuelco. Adentro, la luz está encendida. Deduce, por las tenues oscilaciones de la puerta, que esta debió de abrirse a causa de la brisa que entra por la ventana de la mujer. Alcanza a ver la puerta del baño e intuye que está acostada. En eso, la luz del cuarto de la mujer se apaga y Tusnesdor cierra de inmediato su puerta para evitar que la luz de su cuarto se filtre en el de su vecina…..

Fragmento de “Las puertas indebidas”, cuento de Fabio Morábito incluido en “Grieta de fatiga”, Eterna Cadencia, año 2010.-


Quince días después, cuando volvieron a verse (habían tenido la precaución de reservar los mismos cuartos), ella descubrió con alivio que podían evitar hablar de literatura. Hallaron en seguida una afinidad erótica que los mantuvo ocupados durante el fin de semana y atenuó su sentimiento de culpa por venir al Beverly sin escribir una sola línea. No recibieron ninguna llamada de sus respectivos cónyuges, pese a lo cual, en cualquiera de las dos habitaciones en que estuvieran, paraban el oído por si sonaba el teléfono del cuarto de junto y, ante el sonido del teléfono proveniente de algún otro cuarto aledaño, interrumpían lo que estaban haciendo, solo para comprobar que se trataba de una falsa alarma…

Fragmento de “El valor de roncar”, cuento de Fabio Morábito incluido en “Grieta de fatiga”, Eterna Cadencia, año 2010.-


Los gestos no son estables ni duraderos, se modifican continuamente debido al contagio mutuo y cada cual cambia en la forma de reírse, peinarse o girar la cabeza. La originalidad, en nuestra casa, se reduce a la combinatoria que hace cada cual de los gestos disponibles. Tener un gesto exclusivo de uno es prácticamente imposible, pues tal gesto, si surgiera, sería absorbido tan rápidamente por la familia, que su portador ni siquiera alcanzaría a darse cuenta de haberlo procreado. Para tener un gesto verdaderamente propio, uno debería: 1) percatarse de él casi en el instante en que apareciera por primera vez, y 2) esconderlo a los demás, que fue justamente lo que me pasó a mí hace unos tres años…


Fragmento de “El gesto”, cuento de Fabio Morábito incluido en “Grieta de fatiga”, Eterna Cadencia, año 2010.-

ROBERT WALSER


…Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia. Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras…

Fragmento de “El paseo”, novela de Robert Walser, Ediciones Siruela, año 2015.-


A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil les muestro siempre mi rostro malo y duro, y no merecen otro mejor. Piensan entonces que soy un vigilante y policía de paisano, encargado por elevadas autoridades y organismos de vigilar a los conductores, tomar el número de los vehículos y denunciarlos después. Siempre miro sombrío a las ruedas, al conjunto, y nunca a los ocupantes, a los que desprecio, en modo alguno de forma personal, sino por puro principio; porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra, como si uno se hubiera vuelto loco y tuviera que correr para no desesperarse miserablemente….

Fragmento de “El paseo”, novela de Robert Walser, Ediciones Siruela, año 2015.-


Los niños son celestiales porque siempre están en una especie de cielo. Cuando se hacen mayores y crecen se les escapa el cielo, y caen desde la infancia a la seca y calculadora esencia y a las aburridas concepciones de los adultos. Para los niños de la gente pobre, el veraniego camino rural es como un cuarto de juegos. ¿Dónde habrían de estar si no, cuando los jardines les están cerrados por egoísmo? Ay de esos automóviles que pasan, que atraviesan fría y malvadamente el juego de niños, el cielo infantil, de tal modo que esos pequeños seres humanos inocentes corren peligro de ser aplastados. No quiero tener el horrible pensamiento de que un niño sea realmente arrollado por uno de esos toscos carros triunfales, porque si no la ira me induciría a expresiones groseras con las que, como es sabido, nunca se consigue gran cosa.

Fragmento de “El paseo”, novela de Robert Walser, Ediciones Siruela, año 2015.-


J. RODOLFO WILCOCK


–¿Ha observado esas decapitaciones de santos –le preguntaba yo, un poco apurado porque ya era hora de irme– en las salas de primitivos de los museos? El verdugo está con la espada alzada para dar el golpe, pero la cabeza ya rueda cortada por el suelo, como si el santo hubiera decidido apresuradamente la conveniencia de efectuar un último milagro, ya que en el fondo dudaba de la posibilidad de realizar otros después de muerto, y con un rápido esfuerzo de ánimo se hubiera decapitado él mismo, frustrando la mala voluntad de esa hoja pagana. Del cuello, como de un caño, mana un penacho de sangre vigorosa, ¿se ha fijado?

Fragmento de “Diálogos con el portero”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en “El caos”, La Bestia Equilátera, año 2015.-


No podía dormir de cara al cielo, y en un plano inferior de su conciencia se repetía cíclicamente una frase musical, vulgar y cansadora. Pasaban ignorándolo gatos atentos a sus intermitentes quehaceres nocturnos, sus intereses incomprensibles para el hombre; las ratas susurraban en la hiedra, el silencio parecía poblado de arañas. Falcone casi soñaba con un enemigo, un déspota bajo, vestido como Napoleón en la campaña de Rusia con un capote largo de solapas anchas, que lo buscaba en esos momentos por todas las calles no justamente de Aix sino de Poitiers, seguido por una patrulla obediente, quejándose del frío.

Fragmento de “La noche de Aix”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en “El caos”, La Bestia Equilátera, año 2015.-


El golpeado cayó sobre la borda, con un brazo dentro del agua. Martin lo observó un momento. Vio que no se movía; temió que al despertar lo acusara, tal vez le pegara, tal vez lo denunciara. Lo único que se le ocurrió para eludir estas desagradables posibilidades fue echarlo al agua; de todos modos, pensó, si se hubiera caído del otro lado se habría ahogado. Como todos los inocentes de espíritu. Ulf Martin creía que es siempre posible modificar el pasado; que en la representación espacial del tiempo dos lados de un triángulo pueden ser sustituidos por el tercero.

Fragmento de “Hundimiento”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en “El caos”, La Bestia Equilátera, año 2015.-


Una compañía de boy-scouts tomados de la mano formaban en torno de la pira oficial un cordón humano que bajo la presión de la multitud afanosa se cortaba continuamente, dejando pasar grupitos de entusiastas que luego quedaban aislados en el interior del círculo vacío y para disimular su timidez se ponían a saludar a sus conocidos y los llamaban para que vinieran a hacerles compañía.
Después de cerrar laboriosamente el paraguas y devolverlo, Trenti subió a la pira ayudado por los diablos que le aconsejaban pronunciar una oración o discurso de circunstancias, mientras requerían silencio al auditorio.

Fragmento de “Felicidad”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en “El caos”, La Bestia Equilátera, año 2015.-


El muchacho recogió parte de la cadena que lo separaba del tuerto, para acortar la distancia, y se puso a demostrar su pericia con una serie de latigazos certeros sobre los pies del hombre; calculando la longitud exacta, trataba de rodearle los tobillos con la punta del látigo, lo que obligaba al basurero a saltar continuamente, como quien vadea un río escogiendo las pocas piedras emergentes. El guardián siguió avanzando mientras tanto por la playa, aunque de vez en cuando volvía la cabeza para observarlos; temía que el muchacho soltara la cadena y dejara escapar al tuerto, con las corridas y pérdidas de tiempo consiguientes, ya que, por lo menos teóricamente, les estaba prohibido disparar sobre un inadaptado…

Fragmento de “Vulcano”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en “El caos”, La Bestia Equilátera, año 2015.-


Por otra parte, debo aclarar que este molesto defecto físico, el estrabismo, no es en mí tan marcado como podría suponerse, ya que afecta uno solo de mis ojos, el derecho. El izquierdo lo perdí cuando niño, mientras jugaba al histórico juego de Guillermo Tell y la manzana con el príncipe mi padre, que según dicen, descendía del famoso guerrillero suizo. Una pérdida de todos modos sin importancia, si consideramos que el ojo en cuestión no se encontraba, perdonando la expresión, donde Dios manda, sino mucho más abajo, y además casi pegado a la nariz, lo que me privaba en gran parte de su utilidad.


Fragmento de “El caos”, cuento de J. Rodolfo Wilcock incluido en el libro del mismo nombre, La Bestia Equilátera, año 2015.-

J.G. BALLARD


Por primera vez en varios días se aventuró a salir a la calle. Con la cabeza gacha, furioso por haber caído en manos del doctor, fue a casa de la señora Osmond, decidido a encontrar al menos una persona que aún pudiera ver las torres. Las calles estaban más concurridas de lo que podía recordar en mucho tiempo, y se vio obligado a mirar hacia arriba para no tropezar con la gran cantidad de peatones que iba de un lado a otro. Arriba, como vehículos de asalto dispuestos a lanzar un ataque aéreo apocalíptico, las torres de observación estaban suspendidas del cielo, enmarcadas entre las torres gemelas de la iglesia y ocultando parte de las vistas de la avenida principal, y sin embargo, inadvertidas por los paseantes vespertinos.


Fragmento de “Las torres de observación”, (1962), cuento de J.G. Ballard incluido en “Cuentos completos”, RBA Libros, año 2013.-

–Las autoridades de la ciudad están comenzando a sellarlo –explicó el hombre–. Enormes bloques. Es lo único que pueden hacer. Prefiero no pensar qué es lo que les pasa a las personas que hay dentro –añadió mientras le daba un mordisco a un bocadillo–. Es extraño, pero hay muchas de estas zonas negras. No se oye hablar de ellas, pero están creciendo. Todo empieza en algún callejón de un barrio común de un dólar el metro: una obstrucción en el sistema de eliminación de aguas residuales, escasez de incineradores y, antes de que cada uno se dé cuenta….un millón de kilómetros cúbicos han vuelto a la selva. Prueban un plan de auxilio, bombean un poco de cianuro, y luego sellan la zona. Y una vez hecho esto, la zona entera queda cerrada para siempre.


Fragmento de “Ciudad de concentración”, (1957), cuento de J.G. Ballard incluido en “Cuentos completos”, RBA Libros

MARTA LYNCH


Y empezó a trabajar ese mismo día. Nadie le hacía mucho caso cuando entraba con su único traje, raído, el pelo demasiado largo sobre la nuca, rizado violentamente, muy negro entonces. Iba directamente a una pieza pequeña situada en el piso más alto, donde el Turco Fajré le había puesto, por misericordia y después de pedírselo mucho, una mesa y una silla con la esterilla roja. Estornudaba un largo rato entre el polvo amontonado sobre los libros de segunda mano que sacaba de una librería del Bajo y se sentaba, esperando pacientemente que el acceso violento pasara y lo dejara en libertad de escribir durante horas, con la nariz casi rozando los papeles, con una letra menuda, irregular, ininteligible. Repasaba lo escrito con infinita paciencia y, a veces, nosotros, que aún nos divertíamos espiándolo, veíamos en sus labios el movimiento de las frases incendiarias brotadas de su cabeza huesuda y estrecha, donde todo parecía sumirse en un esfuerzo de creación.


Fragmento de “La alfombra roja”, novela de Marta Lynch, Editorial Perfil, año 1998.-

lunes, 16 de noviembre de 2015

LEONARDO PADURA


Al mejor compañero que tuve en Angola lo vi morir a veinte metros de mí. Estábamos tirando un cerco y él pisó una mina. Lo que recogimos fueron pedacitos de su cuerpo. Era un negrito pelón, con los ojos botados, de Sancti Spíritus, y le tocó el número veintidós de la compañía. Sapo, dijo alguien mientras cantaban los números y desde ese día fue “El Sapo”. Se pasaba el día jodiendo, haciendo cuentos de relajo para que los demás nos riéramos y siempre hablaba de una mulatica que vivía a dos cuadras de su casa: Dalia. Él aseguraba que Dalia tenía las tetas más lindas del mundo, porque un día se las había visto de refilón. El Sapo la enamoraba por cartas y ella a veces le contestaba y la gente le decía que Dalia le iba a dar el sí cuando el sapo criara pelos.

Fragmento de “Según pasan los años”, cuento de Leonardo Padura incluido en “Aquello estaba deseando ocurrir”, Tusquets Editores, año 2015.-

Hizo todo el viaje de pie, veintiocho minutos. No era tan joven ni tan vieja como para merecer el favor de que le cedieran un asiento, y no dejó de sudar ni un instante. El aire que penetraba por las ventanillas venía quemado y húmedo y ella casi veía el hollín que se le incrustaba en los poros. Un guiñapo. Cuando se bajó de la guagua volvió a sacar el pañuelito y miró el reloj. “Estoy en tiempo”, y avanzó lentamente hacia el restaurant, tratando de no pisar las rayas de la acera. Fuera había una cola de ocho personas, cuatro parejas, y la miraron mientras ella esperaba a que le abrieran la puerta de hierro labrado. Ya no le gustaba que la miraran, y tocó otra vez. “Buenos días”, la saludó Roberto. “Qué calor, por tu madre, pensé que me derretía”, y Rafaela se detuvo un instante para acostumbrarse a la temperatura deseable del aire acondicionado y a la media luz eterna del restaurant: allí todo era igual desde hacía veintiocho años.

Fragmento de “Sonatina para Rafaela”, cuento de Leonardo Padura incluido en “Aquello estaba deseando ocurrir”, Tusquets Editores, año 2015.-

Tampoco puedo olvidar que mi décima noche con Violeta del Río debió haber sido la del 2 de octubre de 1968. Por aquellos días había sido decretada una asoladora Ofensiva Revolucionaria, empeñada en poner en manos del Estado toda la economía y la ideología de la isla, mientras se había comenzado a preparar una gigantesca zafra azucarera, que en 1970 produciría diez millones de toneladas de azúcar con los cuales, de una sola vez, el país podría hasta salir del subdesarrollo. Pero, centrado en mi vorágine de amor y sexo, vivía yo de espaldas a la magnitud de las tormentas que se habían desatado, pues cada una de mis neuronas vivía en función de Violeta del Río.

Fragmento de “Nueve noches con Violeta del Río”, cuento de Leonardo Padura incluido en “Aquello estaba deseando ocurrir”, Tusquets Editores, año 2015.-

El frío de Madrid era soportable: una pizarra digital, junto a un semáforo, marcaba la temperatura y la hora: trece grados y las 5:39 de la tarde. Y Mauricio sintió deseos de correr. La gente caminaba deprisa, caminaban sin parar y fumaban como condenados. Entraban y salían de los bares acomodándose sus abrigos de piel o de lana. Miraban los escaparates de las tiendas y calculaban si era cierto lo de las rebajas de fin de temporada. Corrían hacia la boca del metro con un desenfreno capaz de llevarse por delante cualquier obstáculo humano. A Mauricio le agradaba pensar que ninguna de aquellas gentes, sin embargo, podría tener la más mínima idea de quién era él y qué hacía en Madrid, con deseos de correr y eufórico como hacía mucho tiempo no llegaba a sentirse. Las manos ya no le sudaban y sólo quería detenerse para tomarse un café, pero no se permitió ese lujo. Toda su fortuna eran dieciséis dólares y ya había tomado bastante café en Angola.


Fragmento de “La puerta de Alcalá”, cuento de Leonardo Padura incluido en “Aquello estaba deseando ocurrir”, Tusquets Editores, año 2015.-

sábado, 12 de septiembre de 2015

MACHADO DE ASSIS



No hay como la pasión del amor para hacer original lo que es común y nuevo lo que muere de viejo. Tal es el caso de los dos novios, a quienes no me canso de oír porque son interesantes. Aquel drama de amor, que parece haber nacido de la perfidia de la serpiente y de la desobediencia del hombre y todavía no dejó de dar abundancias en este mundo. Sólo basta que de vez en cuando el poeta preste su lengua, entre las lágrimas de los espectadores. El drama es de todos los días y de todas las formas, y nuevo como el sol, que también es viejo.

Fragmento de “Memorial de Aires”, novela de Machado de Assis, Ediciones Corregidor, año 2002.-

Yo nunca olvidé cosas que vi solo de niño. Todavía hoy veo a dos sujetos barbudos –tendría yo cinco años– que se divertían en carnaval con vasijas de madera o de metal, quedaron totalmente mojados y se volvieron goteando para sus casas. Sólo no me recuerdo dónde quedaban éstas. Otra cosa que igualmente recuerdo, a pesar de tantos años pasados, es el romance de una vecina y un joven. Ella vivía frente a nuestra casa, era delgadita y se llamaba Flor. Él también era delgado y no tenía nombre conocido, sólo le conocía la cara y la figura. Venía por las tardes y pasaba tres, cuatro, cinco o más veces de una punta a otra de la calle. Una noche oímos gritos. Por la mañana oímos decir que el padre de la joven mandó a sus esclavos a apalear al enamorado. Días después él fue reclutado para el ejército, dicen que por influencias del padre de la joven; algunos creen que la paliza fue una simple venganza electoral. Todo es lo mismo; amor o elecciones, no falta motivo para las discordias humanas.


Fragmento de “Memorial de Aires”, novela de Machado de Assis, Ediciones Corregidor, año 2002.-

JOHN BANVILLE


Es la mañana siguiente, y hay mucho alboroto. El circo, lo que faltaba, ha llegado a la ciudad. Tras una noche de sueño desasosegado, me despertó temprano una confusión de ruidos debajo de mi ventana. A través de una rendija entre las cortinas distinguí a una docena o más de caravanas colocadas de cualquier manera en la plaza. Estaban desenganchando los caballos, y unos hombres musculosos y patizambos ataviados con camisetas a rayas se movían presurosos arriba y abajo, manejaban cuerdas, levantaban cosas, y se hablaban a gritos agudos y breves, era como si la función ya hubiese comenzado y eso fuera el primer número…

Fragmento de “Eclipse”, novela de John Banville, Alfaguara, año 2015.-


La ruta que tomé para regresar de aquella perturbadora visita a la playa me llevó, no sé cómo, a un terreno más elevado. No tuve conciencia de estar ascendiendo hasta que por fin salí al camino de la colina, justo en el lugar donde había detenido el coche aquella noche de invierno, la noche que me topé con aquel animal. Hacía calor; la luz susurraba sobre los campos. Permanecí en la cima de la colina, y el pueblo y la aguja del campanario quedaban abajo, envueltos en su neblina azul claro. Veía la plaza, y la casa, y la reluciente tapia blanca del convento de Stella Maris. Un pequeño pájaro marrón revoloteó en silencio, subiendo de rama en rama un árbol espinoso que había a un lado de la carretera…

Fragmento de “Eclipse”, novela de John Banville, Alfaguara, año 2015.


Podía ver la escena: la luz de la mañana, como un gas pálido y pesado, y Lydia de pie en la sala de la casa grande, vieja y oscura junto al mar que había heredado de su padre, con el auricular encajado entre el hombro y la mandíbula, un truco que nunca he sido capaz de hacer, hablándole de soslayo como si fuera que sostuviera junto a su cara. Se percibe el olor salobre del mar, el lejano chillido de las gaviotas. Todo me llegaba tan claro y tan lejano al mismo tiempo que podía haber sido una visión de otro planeta, a inimaginable distancia de este, aunque parecido en todos los detalles.


Fragmento de “Eclipse”, novela de John Banville, Alfaguara, año 2015.-

HARUKI MURAKI


Al pensar en ella y recordar su imagen, sintió una suave calidez en el pecho. Y poco a poco comenzó a alegrarse de no haberse convertido en pez o girasol. No cabía duda de que andar a dos patas, vestirse, comer valiéndose de cuchillo y tenedor era muy pesado. Había demasiadas cosas que aprender en este mundo. Pero de haber sido un pez o un girasol, y no un ser humano, ¿habría notado esa misteriosa calidez en el corazón? Eso es lo que sentía.

Fragmento de “Samsa enamorado”, relato de Haruki Murakami incluido en “Hombres sin mujeres”, Tusquets Editores, año 2015


Se levantó de la silla, salió del comedor y se encaminó al vestíbulo. Aunque todavía era bastante torpe y necesitaba tomarse su tiempo, ahora lograba andar con las dos patas sin agarrarse a nada. En el recibidor había un paragüero de hierro con algunos paraguas y bastones. Decidió tomar un bastón negro de roble para que le sirviera de apoyo. El tacto sólido de la empuñadura le transmitió coraje y sosiego. Podía usarlo como arma en caso de que un pájaro lo atacase. Luego se acercó a la ventana y escudriñó un rato entre los blancos visillos de encaje.

Fragmento de “Samsa enamorado”, relato de Haruki Murakami incluido en “Hombres sin mujeres”, Tusquets Editores, año 2015.-


Cuando despertó, descubrió que se había metamorfoseado en Gregor Samsa.
Estaba boca arriba en la cama, observando el techo de la habitación. Sus ojos tardaron un tiempo en adaptarse a la penumbra. Por lo que pudo ver, era un techo normal y corriente, como el de cualquier otro sitio. Originalmente debió de haber sido blanco, de un tono crema claro o algo así. Pero a causa del polvo o la suciedad acumulada con el tiempo, ahora era de un color que recordaba a la leche cortada. No tenía adornos, ni ninguna característica en particular. Tampoco declaraciones o mensajes. Parecía desempeñar, aparentemente sin impedimentos, su función estructural de techo, sin mayores pretensiones.


Fragmento inicial de “Samsa enamorado”, relato de Haruki Murakami incluido en “Hombres sin mujeres”, Tusquets Editores, año 2015.-

MARIO BELLATÍN


Todo comienza con una sensación en la garganta. La boca se me seca, al mismo tiempo que las manos empiezan a transpirarme de un modo anormal. A veces siento también un calambre ligero en las piernas. En ese momento nada pudo hacer para arrepentirme de las acciones que estoy a punto de realizar. Según la situación detengo el auto. Si me encuentro en un salón ordeno que paren, de inmediato, el masaje. La primera vez que visité un prostíbulo propiamente dicho, aquel estado me tomó desde el primer instante. Creo que tuvo mucha importancia el olor que flotaba en el ambiente…

Fragmento de “Damas chinas”, novela de Mario Bellatín, Anagrama, año 2006.-

…A la madre del niño se le había diagnosticado un cáncer con ramificaciones. Tenía que someterse a un tratamiento de quimioterapia. Como señalé, en forma invariable la paciente iba con su hijo. Parecía como si con el diagnóstico tan sombrío que llevaba encima no quisiera separarse ni por un momento de él. En una de las tantas visitas, no recuerdo exactamente en cuál, el niño estuvo nuevamente sentado a mi lado. Pero en esa ocasión no me dirigió la palabra. Había hablado conmigo solamente una vez. Sin embargo, el hecho de estar nuevamente juntos me hizo acordar de nuevos detalles del relato escuchado semanas atrás.


Fragmento de “Damas chinas”, novela de Mario Bellatín, Anagrama, año 2006.-

BERNARDA PAGÉS


–Terminemos con el robo de novelas –sentenció al mes el padre Amador, ya preocupado por el estado desesperado de la monja–. Empecemos por ahí, a ver si el calor del cuerpo logra menguar.
Perla le prometió ni acercarse a la biblioteca.
Pero como una adicción incurable, poco duró el juramento.
–Es que necesito comprender, padre, entiéndame –se justificaba la enana–. Comprender cómo el amor puede llevar tan lejos a los seres, al punto de matar o morir por él. Comprender cuál es el misterioso poder que encierra esa palabra tan corta, tan insignificante.
–Pero hermana Teresa, cómo me dice eso –se quejaba el padre Amador–. ¿Y el amor a Dios? ¿Acaso no hay mayor expresión que resuma el significado de esa palabra que el amor divino?
Perla se ofuscaba.
–Yo ya entiendo lo del amor divino…Le hablo de otro amor…del terrenal…el visceral…usted me entiende…

Fragmento de “La fauna divina”, novela de Bernarda Pagés, Interzona, año 2014.-

El nombre.
Darle un giro a la vida y renacer con otro nombre.
¿Debía elegirlo o aparecería igual que la señal?
La respuesta no tardó. Y llegó de la mano de la hermana Auxiliadora cuando le confesó su verdadero nombre:
–Adelaida es el de nacimiento. ¿Usted puede creer la mala suerte? Justito ese día nací. Dieciséis de diciembre: Santa Adelaida. Una tortura…siempre me avergonzó, y de pequeña maldecía a mis padres por la elección. Con la consagración llegó el alivio: hermana Auxiliadora, simple y llano, sin versitos morbosos para que se burlaran.
“Adelaida, la de las tetas cáidas”…Sí, su vida había sido durísima.


Fragmento de “La fauna divina”, novela de Bernarda Pagés, Interzona, año 2014.-

SAMANTA SCHWEBLIN


Duerme en la casa, profundamente, pero yo no puedo dormir, no la primera noche. Antes tengo que saber qué rodea la casa. Si hay perros y si son confiables, si hay zanjas y qué tan profundas son, si hay insectos ponzoñosos, culebras. Necesito ir por delante de cualquier cosa que pudiera ocurrir, pero todo está muy oscuro y no termino de acostumbrarme. Creo que tenía una idea muy distinta de la noche.


Fragmento de “Distancia de rescate”, novela de Samanta Schweblin, Literatura Random House, año 2015.-

Espío otra vez a Nina, que ahora da unos pasos hacia la pileta.
–Es que a veces no alcanzan todos los ojos, Amanda. No sé cómo no lo vi, por qué mierda estaba ocupándome de un puto caballo en lugar de ocuparme de mi hijo.
Me pregunto si podría ocurrirme lo mismo que a Carla. Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo “distancia de rescate”, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.

Fragmento de “Distancia de rescate”, novela de Samanta Schweblin, Literatura Random House, año 2015.-

Espío otra vez a Nina, que ahora da unos pasos hacia la pileta.
–Es que a veces no alcanzan todos los ojos, Amanda. No sé cómo no lo vi, por qué mierda estaba ocupándome de un puto caballo en lugar de ocuparme de mi hijo.
Me pregunto si podría ocurrirme lo mismo que a Carla. Yo siempre pienso en el peor de los casos. Ahora mismo estoy calculando cuánto tardaría en salir corriendo del coche y llegar hasta Nina si ella corriera de pronto hasta la pileta y se tirara. Lo llamo “distancia de rescate”, así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.


Fragmento de “Distancia de rescate”, novela de Samanta Schweblin, Literatura Random House, año 2015.-

domingo, 6 de septiembre de 2015

DANIEL GONZALEZ REBOLLEDO


Otra que carnaval, hermano, eso sí que fue un bochorno.
Carnaval digo, porque hasta se disfrazaban con la ropa de los peones y sirvientas, hablo de la gente de abolengo del pueblo, para huir hacia las islas en embarcaciones alquiladas de apuro, o salir disparados en autos, sulkys y jardineras, llevándose las joyas y bienes en la huida. Hasta se dijo que algunos preclaros jefes de familia, en el apuro de huir antes de que llegaran los bandidos, nosotros, a esquilmarlos, se olvidaron de sus propias familias dejándolas abandonadas a su suerte…


Fragmento de “Los Kennedy del Sur”, novela de Daniel González Rebolledo, Ediciones Simurg, año 2007.-

IOSI HAVILLO


Luego de pasar unos quince minutos a oscuras, adivinando los límites del techo, la forma de las aspas del ventilador, los marcos de las puertas, se quitó los zapatos y encendió el velador. Hubiera querido llorar, desahogarse. Un segundo antes del derrumbe tuvo una revelación. Las pastillas, la clave estaba en las pastillas, la toma desordenada, el consumo excesivo, le estaba provocando todas estas alucinaciones. Abrió el cajón de la mesa de luz, entre un montón de papeles revueltos, folletos turísticos, el manual de instrucciones del set de manicura, el itinerario del viaje, encontró la caja con los ansiolíticos, descartó el blíster y desdobló el prospecto que hasta ahora había evitado para no tentar a su hipocondría habitual. Leyó las indicaciones.

Fragmento de “Estocolmo”, novela de Iosi Havilio, Literatura Mondadori, año 2010.-


Aparte de la foto del San José decapitado y el recuerdo que se había inventado de la ola gigantesca llevándoselo mar adentro, René guardaba de su padre una canción que por un tiempo creyó que él mismo cantaba. Una canción de moda cuando René tendría seis o siete años y que cada vez que sonaba la madre suspendía lo que estuviese haciendo, se acercaba a la radio, subía el volumen y se quedaba de pie frente al aparato, suplicante, pero también extasiada. Le prestaba una atención insólita, como si detrás de esa letra cursi y melosa estuviese cifrado algún mensaje secreto…

Fragmento de “Estocolmo”, novela de Iosi Havilio, Literatura Mondadori, año 2010.-


Con el desayuno, una azafata anunció que sobrevolaban Río de Janeiro. Lentamente, sin ganas, aquí y allá, los cuerpos comenzaron a desperezarse. A su lado, Elías abrió los ojos de golpe con una leve convulsión que le sacudió un brazo. Despabilado, se asomó por encima del hombro de Elías, con la indecisión del que está al borde de la cornisa sin resolverse del todo a ver lo que hay más allá y reconoció por las luces, más o menos fuertes, más o menos densas, la nervadura de las rutas, la zona de fábricas, la multiplicación de las casas. Desde el aire, San Pablo le pareció igual al océano. Uniforme, inmensa, menos negra, más gris, pero igual.

Fragmento de “Estocolmo”, novela de Iosi Havilio, Literatura Mondadori, año 2010.-



…Con la foto del padre de Laura abrochada en el marco del espejo del baño, compuse el personaje atento a cada detalle. Si bien estaba muy lejos de sus rasgos, hubiera necesitado una operación, una máscara de látex, el traje, la flor en el ojal y el gel aplastándome el pelo, me acercaban mucho a su aspecto. También me afeité, cosa que no hacía desde los primeros fríos. No era tanto el padre de Laura, pero definitivamente tampoco era yo. En una pausa, tildado con la tijera entre los dedos para emprolijarme las patillas, caí de repente en la cantidad de oficios nuevos que había adquirido gracias al desempleo: ama de casa, jardinero, sicario, cocinero y ahora, de un día para el otro, actor…

Fragmento de “Pequeña flor”, novela de Iosi Havilio, Literatura Random House, año 2015.-


…Guillermo negaba con la cabeza pero tampoco encontraba la manera de hacerlo, la copa se lo impedía y parecía no darse cuenta. Se acuclilló visiblemente aturdido y a mí me nació una lenta pero rabiosa exasperación. Una suerte de protesta primitiva que produjo un quiebre en mi interior. Fue entonces que me agaché, empuñé la pala por el mango extrayéndola limpia de entre las bolsas y en una maniobra continua, atrás y arriba y abajo, la hundí con firmeza en la nuca de Guillermo...

Fragmento de “Pequeña flor”, novela de Iosi Havilio, Literatura Random House, año 2015.-


…De una semana a la otra, Laura volvió a la editorial y yo me convertí en ama de casa a la fuerza. El primer tiempo fue un temblor. Las horas del día se confabulaban en mi contra estirándose para marcarme la nulidad. Lo peor sucedía en ese segmento siniestro de la media tarde, ese tiempo larvoso que transcurre entre el almuerzo y el regreso a casa. Entraba en un agujero negro en que podía sostener con igual énfasis la voluntad de cambiar el mundo como de desaparecer sin dejar registro….


Fragmento de “Pequeña flor”, novela de Iosi Havilio, Literatura Random House, año 2015.-

EDUARDO GALEANO


Estaba suave el sol, el aire limpio y el cielo sin nubes. Hundida en la arena, humeaba la olla de barro. En el camino de la mar a la boca, los camarones pasaban por las manos de Zé Fernando, maestro de ceremonias, que los bañaba en agua bendita de sal y cebollas y ajo.
Había buen vino. Sentados en rueda, los amigos compartíamos el vino y los camarones y la mar que se abría, libre y luminosa, a nuestros pies.
Mientras ocurría, esa alegría estaba siendo ya recordada por la memoria y soñada por el sueño. Ella no iba a terminarse nunca, y nosotros tampoco, porque somos todos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso, y eso lo sabe cualquiera, por poco que sepa.

“La fiesta”, texto de Eduardo Galeano incluido en “El libro de los abrazos”, Siglo Veintiuno Editores, año 2015.-


La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar…


Fragmento de un artículo de Eduardo Galeano.-

sábado, 5 de septiembre de 2015

MARÍA LYDA CANOSO


Esa fantasía me sonaba a historia sagrada, a los milagros que susurraba la tía María cuando pasaba una a una las cuentas del rosario. Jesús con los panes y los peces. O cuando ella, ceremoniosa, bajaba de la repisa alta el libro polvoriento y nos leía historias santas cuyas hilachas quedaran para siempre dando vuelta en mis sueños, y aun en mis sesiones de psicoanálisis, convertidas en densas pesadillas que regresan una y otra vez.
Yo escuchaba la lectura con los latidos del corazón acelerados, tenía mucho miedo a la guerra, miedo a ese afiche que alguien pegara en la puerta de la iglesia, ese que mostraba muchas botas marchando y que yo entendía como que venía avanzando el comunismo. La tía María leía con sus anteojitos plateados montados en la nariz.


Fragmento de “Corazón de Manhattan”, novela de Maria Lyda Canoso, Minas sabias, año 2011.-

En casa hablaban por lo bajo para que no oyera Celina que era como de la familia, pero decididamente no lo era. Cuando Celina estaba cerca había que hablar en susurros porque era probable que, sin darse cuenta, ella pudiera repetirlo fuera de casa. Celina de chica había sido muy sufrida, huérfana de madre, había vivido años en el Buen Pastor. Eso la convertía en un ser misterioso, con zonas oscuras, digamos que era una buena muchacha, pero su personalidad tenía algo que la hacía imprevisible. Ella sabía que aparte de ser linda, se parecía a Evita. En realidad, muchas chicas delgadas y rubias se arreglaban como para parecerse a Evita.


Fragmento de “Corazón de Manhattan”, novela de María Maria Lyda Canoso, Minas sabias, año 2011.-

ARIEL MAGNUS


Era natural, pensó el Gerente. Tampoco él se ofrecería de forma voluntaria. Para resumir una discusión hay que estar atento, y no existe persona que logre estarlo durante ocho horas, ni aun cuatro, ni siquiera dos o una entera. La atención es como un músculo que no puede estar tenso más que unos segundos, se contrae y se relaja a intervalos regulares, se oxigena a fuerza de constantes distracciones, de recreos en zonas remotísimas del recuerdo y la especulación. Estar atento es estar constantemente distrayéndose, trayéndose y distrayéndose, de ahí que cada resumen sea distinto, pues lo es de ese vaivén.


Fragmento de “El hombre sentado”, novela de Ariel Magnus, Eterna Cadencia II, año 2010.-

Si en marcha ya causaban bastante gracia, con esas estatuas sedentes que avanzaban como suspendidas en el aire, roncando así como ahora en su sitio, tanto más quietas cuanto que estaban concebidas para moverse, las cajas con ruedas se mostraban en toda su estilizada torpeza, en toda su hilarante aparatosidad. De ahí que las bocinas no parecieran de queja, sino de risa. Aunque los conductores creían tocarlas, eran los coches mismos quienes las soltaban como carcajadas, cada uno según su poder de autocrítica y autoironía.

Fragmento de “El hombre sentado”, novela de Ariel Magnus, Eterna Cadencia II, año 2010.-

jueves 14 de mayo
Pasaron tres hombres de traje empujando un Porsche, uno de ellos saltó a su interior cuando el auto tomó algo de velocidad e intentó darle arranque, pero sin éxito. Volvieron a empujar el moderno automóvil, en contraste tan flagrante con su aparente avería como toda esa gente atildada esperando un transporte público que tardaba en llegar. Quizá en el fondo no eran tan ricos como parecían ser, esas personas extrañas, ese país gris.


Fragmento de “El hombre sentado”, novela de Ariel Magnus, Eterna Cadencia II, año 2010.-

DANIEL PENNAC


La chiquillería se marchó la víspera de mi segunda transfusión. ¡Hasta la vista, abuela! ¡Hasta la vista, abuelo! Los niños no dudan de que volverán a vernos porque nos conocen desde siempre. De niños, no vemos envejecer a los adultos; a nosotros, lo que nos interesa es crecer, y los adultos no crecen, están confitados en su madurez. Tampoco los viejos crecen, por su parte, son viejos de nacimiento, del nuestro. Sus arrugas nos garantizan su inmortalidad. Para nuestros bisnietos, Mona y yo datamos de toda la eternidad y, por consiguiente, viviremos siempre. Nuestra muerte, así, les impresionará mucho más. Primera experiencia de la fugacidad.


Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-

La chiquillería se marchó la víspera de mi segunda transfusión. ¡Hasta la vista, abuela! ¡Hasta la vista, abuelo! Los niños no dudan de que volverán a vernos porque nos conocen desde siempre. De niños, no vemos envejecer a los adultos; a nosotros, lo que nos interesa es crecer, y los adultos no crecen, están confitados en su madurez. Tampoco los viejos crecen, por su parte, son viejos de nacimiento, del nuestro. Sus arrugas nos garantizan su inmortalidad. Para nuestros bisnietos, Mona y yo datamos de toda la eternidad y, por consiguiente, viviremos siempre. Nuestra muerte, así, les impresionará mucho más. Primera experiencia de la fugacidad.

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-



63 años Viernes, 10 de octubre de 1986
He meado en un café de la calle Lafayette. La luz se apaga cuando estoy en ello. Dos veces. Me pregunto sobre la base de qué media de edad se calcula el tiempo de iluminación mínimo concedido a un meón por los que instalan interruptores automáticos. ¿Es posible que yo sea tan lento? ¿Es posible que haya sido tan rápido? ¡Qué cabronada de juvenilismo afecta incluso a la producción de esos molinillos de tiempo! La observación vale también para los interruptores automáticos de escalera y para las puertas de ascensor, que se cierran cada vez más pronto.

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-

43 años, 8 meses, 26 días Jueves, 6 de julio de 1967
Como estaba previsto, crisis de angustia. La angustia se distingue de la tristeza, de la preocupación, de la melancolía, de la inquietud, del miedo o de la cólera en que carece de objeto identificable. Un puro estado de nervios con consecuencias físicas inmediatas: opresión en el pecho, respiración trabajosa, nerviosismo, torpeza (he roto un bol al preparar el desayuno), arrebatos de furia en los que el primer recién llegado puede pagar el pato, tacos ahogados que te envenenan la sangre, ningún deseo y el pensamiento tan trabajoso como el aliento. Imposible concentrarme en nada, dispersión extrema, esbozo de gestos, esbozo de frases, esbozo de reflexión, nada se consuma, todo rebota hacia el interior, la angustia remite sin cesar al meollo de la angustia. No es culpa de nadie…o de todo el mundo, y eso viene a ser lo mismo. Pataleo en mí mismo, acusando a toda la tierra de ser solo yo. La angustia es un mal ontológico. ¿Qué te pasa? ¡Nada! ¡Todo! ¡Estoy solo como el hombre!

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-


28 años, 4 días Domingo, 14 de octubre de 1951
Le he preguntado a Mona si los ovarios son también los centinelas del vértigo. Respuesta: no. En cambio, mis testículos se han estrangulado de nuevo cuando la he visto acercarse al borde del acantilado. He sentido vértigo por ella. ¿Cojones empáticos?
Durante esas experiencias he recordado la anécdota del paseante que cae de un acantilado. Da un paso en falso, resbala unos metros por el pedregal y cae al vacío. Horrorizados, sus amigos siguen aullando cuando él mismo ha dejado de tener miedo. Considera que el terror lo ha abandonado en el preciso instante en que se ha sabido perdido. Durante toda su vida ha recordado esa desaparición de la esperanza como la experiencia misma de la beatitud. El follaje de un árbol lo salvó por fin. El miedo regresó con la esperanza de que lo sacaran de allí.

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-


25 años, 3 meses, 6 días Domingo, 16 de enero de 1949
He pasado un tiempo que me ha parecido considerable buscando lo que yo creía un hilillo de puerro atrapado entre mi incisivo superior derecho y su vecino el canino. Con la uña primero, con la punta de una tarjeta de visita luego y, finalmente, con una cerilla cortada. Pero no había hilillo de puerro. Se trataba de un mensaje erróneo que mi encía me mandaba, engañada a su vez por el recuerdo de una anterior molestia. No es la primera vez que me la juega. ¡Mi encía se imagina cosas!

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-


16 años Martes, 10 de octubre de 1939
Pelo grasiento. Caspa (muy visible si llevo una chaqueta oscura). Dos granos rojos en la cara (uno en la frente y otro en la mejilla derecha). Tres barrillos en la nariz. Pezones hinchados, sobre todo el derecho, que duele cuando lo aprieto. Dolor agudo, como si lo atravesara una aguja. ¿Qué les ocurre a las chicas? He engordado diez kilos y crecido doce centímetros en un año. (Y he ganado envergadura de brazos, Manès tenía razón). Las rodillas me duelen, incluso por la noche. Dolores de crecimiento. Violette decía que el día en que eso cesara yo comenzaría a menguar. Mi imagen en el gran espejo de las duchas. ¡No me reconozco! O, más exactamente, tengo la impresión de que crezco sin mí. Por eso mi cuerpo se convierte en el objeto de mi curiosidad. ¿Qué sorpresa habrá mañana? Nunca se sabe cómo va a sorprendernos el cuerpo.

Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-


13 años, 4 meses, 7 días Miércoles, 17 de febrero de 1937
Cataplasmas, gargarismos, untado, descanso, sí, pero el mejor de los remedios es dormirme en el olor de Violette. Violette es mi casa, huele a cera, a hortalizas, a fuego de leña, a jabón negro, a lejía, a vino viejo, a tabaco y a manzana. Cuando me toma bajo su chal, entro en mi casa. Oigo burbujear sus palabras en el fondo de su pecho y me duermo. Cuando despierto no está ya allí, pero su chal sigue cubriéndome. Es para que no te pierdas en los sueños, muchachito. ¡Los perros perdidos regresan siempre a la ropa del cazador!


Fragmento de “Diario de un cuerpo”, obra de Daniel Pennac, Literatura Mondadori, año 2012.-

sábado, 8 de agosto de 2015

MARÍA TERESA ANDRUETTO

Quien redacta este informe quisiera reseñar un par de detalles menores que corresponden a la vida cotidiana de Eva Mondino y que pueden ser de utilidad en lo que respecta a hacerse una imagen adecuada y total de la mujer en cuestión: la comida, la bebida y el cigarrillo, entre otros asuntos.
Come a gusto, en cantidad y calidad, esto todo el tiempo, aun cuando comienza a tener algunas molestias de orden hepático. Elige para ello lo mejor que puede (“ha venido aquí algunas veces y es una delicia ver cómo disfruta de lo que uno prepara…”, dice Alberto Delfino), de la mejor manera, como si se tratara de una sibarita, pese a que hay épocas de su vida en las que, según parece, no pudo comprar ni siquiera lo más elemental (Nota del Informante: abundan en este sentido los testimonios, pero el que pasa por ser más fidedigno y de conocimiento más directo del hambre y las necesidades de toda índole sucedidas a Eva en el que puede considerarse como el período más difícil de su vida, lo proporciona Pacha).
 
Fragmento de “La mujer en cuestión”, novela de Maria Teresa Andruetto Editorial Sudamericana, año 2009.-



JUAN JOSÉ MOROSOLI


 
Ya sacaba tabaco Barrios; ya él.
A veces, sin acuerdo, cebaba el chileno dos o tres mates. A veces Barrios. Tal que fuera costumbre aquello.
Era noche entrada ya, cuando el chileno convidó:
–¿Vamo a ver si comemo?
Barrios se quedó un segundo sin responder.
–Sí –dijo después– vamo a lavar l’estógamo…tengo nomás que fideo y chicharrone…
–Hacemo una sopa.
Ignoraba Barrios cómo iría a parar aquello.
El chileno afinó un palito con el cuchillo. Agudizó la punta y luego lo llevó a la boca.
Y como observara la atención de Barrios puesta en él, aclaró:
–Es costumbre…
Pero no alcanzaron estas palabras para defenderse de las miradas de Barrios.
Entonces preguntó para defenderse:
–¿Cómo es su gracia, compañero?
–¿Yo? Yo soy Jesús Barrios… ¿Y usted?
–¿Yo?...El Chileno.
Se callaron y un silencio, como un palo que fuera de pecho en pecho, los separó.

Fragmento de “El compañero”, cuento de Juan José Morosoli incluido en “El campo”, Mardulce Editora, año 2015.-

 

domingo, 31 de mayo de 2015

SERGIO CHEJFEC


La estación Constitución con los andenes disponibles, sus techos de altura colosal y las vigas de hierro tachonadas de tuercas gigantescas, parecía más bien el hangar de un dirigible. En ese momento cualquier recorrido ferroviario me sonaba a inaudito. Remedios de Escalada representaba la misma distancia que Bahía Blanca, más allá de determinado sitio se diluía el espacio; y ese lugar no estaba demasiado lejos. Nociones como próximo o lejano provienen de categorías inútiles, pensé entonces

Fragmento de “Los planetas”, novela de Sergio Chejfec, Alfaguara, año 2010.-


Cierto domingo por la mañana, el terraplén parecía una superficie en dilatación. (El terraplén es más grande las mañanas de domingo, repetía M antes de contar sus caminatas por las vías.) Quizá fuera la luz, clara bajo el cielo prolijo, la causa de esa amplitud. De los costados del terraplén se levantaba un túnel invisible, saturado de silencio y transparencia; era un radio ilusorio, pero casi palpable. M caminaba por las vías alargando los pasos, quería hacerlos coincidir con los durmientes. Estaba atento a las formas de la franja central –manchas ralas de aceite– y a las plantas trabajosas junto a los rieles, escuchando a medias el rumor que subía desde la vecindad. El hastío, según sus palabras, que momentos antes lo había sacado de la casa, al caminar por allí se convertía en calma, espera, nunca en ansia…

Fragmento de “Los planetas”, novela de Sergio Chejfec, Alfaguara, año 2010.-

Rehenes de la geografía, nuestro pasado transcurre bajo el influjo de la ciudad. Esa ciudad antigua sigue siendo nuestro umbral. Una trama abigarrada de rectas y atajos, con ángulos abiertos hasta la exageración, de una amplitud inaudita, se impuso como el escenario de nuestros recorridos. Pero la superficie concreta, vehemente como una costra de asfalto y cemento, también llamada por convención la real, con la falta de M pasó a tener una existencia devaluada, sombra y reflejo demorados sobre la otra, la dibujada en el pasado. El presente verdadero se alejaba y las cosas concretas de la ciudad, levantadas con sustancias que se endurecen al fraguar y resisten el tiempo, ahora se disolvían en un núcleo de desorden…

Fragmento de “Los planetas”, novela de Sergio Chejfec, Alfaguara, año 2010.-



Los arbustos más o menos repetidos, las flores iguales pero de distinto color y las piedras decoradas que demarcaban, a veces innecesariamente, el sendero, como digo me sumieron en una especie de sopor. No sé si habrá influido también la temperatura, en ese momento en los niveles máximos del día; en cualquier caso me sentí inmovilizado y absorto, detenido en el tiempo sin capacidad de reacción, apenas de razonamiento. Seguía avanzando al lado de Baroni, podía moverme, comprendía de sus palabras lo que la casualidad permitía, pero sentía que me había quedado en el mismo lugar varios metros atrás, cuando esta sensación de ausencia o de vacío, no sé cómo llamarla, se había manifestado…

Fragmento de “Baroni: un viaje”, novela de Sergio Chejfec, Alfaguara, año 2007.-

Su primer gran contacto con la nieve se produjo hace varios años, cuando residió en uno de los innumerables suburbios de viviendas rodeadas de pequeños jardines que hay en Nueva Jersey. Al igual que los vecinos, después de cada nevada debía liberar el paso para la gente en el largo perímetro que correspondía a la esquina que ocupaba (aunque de hecho casi nadie caminaba por las calles de aquel barrio). Para remover la nieve se servía de instrumentos especiales, por ejemplo una pala de gran superficie, que mejoraba el porte, y con mango curvo, que reducía el esfuerzo. Al término de la limpieza quedaban unos pasillos más o menos altos, dependiendo de la cantidad acumulada, con paredes verticales que parecían desfiladeros hechos de algún material blanco de utilería, levantados a una escala callejera o barrial, y que por eso mismo no dejaban de impresionar, porque hablaban de una altura inaudita si se los proyectaba sobre el mundo real al que supuestamente aludían.

En algunos casos la nevada había sido intensa y el nivel acumulado llegaba hasta la cintura, cubriendo buena parte de los autos estacionados. Entonces durante el descanso de la tarea, el seguidor levantaba la vista del corredor que estaba abriendo, y se imaginaba en el acto de espiar desde una trinchera, abarcando un panorama inédito, construido para ser contemplado de incógnito, sin decir palabra y sin comparaciones, el paisaje blanco y de formas redondeadas producto de la nieve. La primera asociación que establecía apuntaba a los decorados de repostería y a las tortas de crema propiamente dichas. Los techos de las casas y los autos, los árboles y los postes, los buzones y las señales de tránsito, los bancos para sentarse, los arbustos y las paradas de los autobuses: todo objeto o artefacto que ocupaba una superficie se sometía a la acción envolvente de la nieve, que agrega volumen, por supuesto oculta, suaviza, redondea y por lo tanto tiende a igualar hasta las formas más distintas.

Si hubo algo que lo sorprendió más allá de la cantidad de nieve que podía caer sin interrupción –delante de sus ojos se componía una grilla tupida y blanca, liviana e impenetrable–, fue el silencio en que las cosas quedaban atrapadas. Esto le inspiró pensamientos diversos. Conocía desde hacía tiempo el vínculo entre nieve y silencio, en la medida en que formaba parte de la retórica del tema. Le resultaba frecuente escuchar comentarios sobre esto, libros y personas lo repetían. También lo había encontrado referido en arrebatos líricos y en poesías escritas. Por otra parte, en trenes o autobuses había sido testigo de conversaciones ajenas y que no le interesaban, pero en las que tarde o temprano aparecía el punto como un leit motiv obligado y fatal, o como una cuenta pendiente ante algún dios de la retórica y del clima, que precisaba saldarse.

Justamente por eso, aunque sentía remordimientos por la previsibilidad de sus impresiones, debía reconocer que nunca había pasado por experiencias tan radicales de silencio, tan únicas y adormecedoras. Desde cualquier dirección de donde vinieran, los sonidos llegaban rebajados por la amortiguación de la nieve; y si de casualidad alguno adquiría una sobrevida apenas más prolongada que la del resto, su origen incierto parecía escapar hacia las profundidades de ese paisaje blanqueado, como si hubiese estado frente a una selva infinita de planos que se expresaba en un lenguaje de ecos y de resonancias cada vez más apagadas. Así, no solamente en términos de quietud o permanencia, la nieve traducía, o más bien postulaba, un viaje invisible a través del espacio; era una materia insólita y volátil que abolía distancias, ralentizaba los sonidos esparcidos en el aire y los absorbía de inmediato.

La nieve es algo que cae paulatinamente, pero cuando lo hace en grandes cantidades se instala durante varios días. Desde el mismo momento en que pierde, digamos, la condición aérea o volátil, comienza a espesarse. Si el volumen es considerable, probablemente mantenga su ligereza por muchas horas. Y también, claro, todo esto depende las condiciones del tiempo después de la nevada. El momento cuando la nevada cesa y la claridad vuelve a sus condiciones normales de transparencia, es el estado de gracia de la nieve, copos llenos de aire depositados sobre la superficie, o también aire vacío con forma de nieve. Uno mira el paisaje, cualquier paisaje, ya sea urbano o rural, y la composición de las cosas ofrece una total ambigüedad: la realidad parece iniciar un letargo de inmovilidad, o al revés, parece a punto de despertar después de haber dormido durante largo tiempo. Es el más enigmático de todos los momentos que rodean a este fenómeno, y es el momento ante el que todos sucumben, cualquiera sea la edad o la condición social, la tarea que se esté realizando o los pensamientos claros u oscuros que se tengan: todos se interrumpen y levantan la vista para verificar la nueva inmovilidad, el cese de la nieve.

Después pasan las tardes y la composición se va haciendo más densa, la superficie de la nieve cambia y adquiere una textura granulada. En el proceso previo se producen las circunstancias misteriosas, como el seguidor las llama; aparecen sobre todo las pisadas: no es infrecuente ver por la mañana pisadas de animales desconocidos, que aprovecharon la oscuridad de la noche para merodear y disfrutar, acaso, de la superficie helada. Pero si hay algo que lo intriga son los hoyos espontáneos, autogenerados, que sin obedecer a acción animal o humana, perforan la masa blanca desde la superficie hasta las profundidades cercanas al piso, como si fueran ductos por los cuales la materia respira. La nieve se contrae, y él supone que a través de las perforaciones negocia la temperatura con el exterior.

Advierte entonces que se ha convertido en un adicto a la nieve. Aunque sin la adicción de quien precisa satisfacer un deseo intolerable, sino con la fiebre del admirador o fanático, la del militante de una creencia. No sabe a través de qué vías, ha terminado creyendo sólo en la nieve. Cualquier otro fenómeno natural, para no hablar de la serie interminable de diligencias y trabajos inútiles y evasivos que, advierte ahora, lo distraen de su principal objeto, el que le da sentido a su vida, cualquier otra cosa le parece banal, superficial y de una inocencia malintencionada. Por lo tanto organiza sus horas según el pronóstico del tiempo, y cuando comienza a nevar deja todo para acceder a un estado de suspensión similar a esa otra suspensión, la de los copos. Cuando comienza a nevar, repite –y le sobreviene el típico gesto de desconfianza que se dedican a sí mismos los entendidos, conscientes de la complejidad de las palabras dichas con rapidez. Como si fuera sencillo precisar el comienzo exacto de la nevada.
Al principio, los copos son volutas que parecen materia olvidada, partículas de sedimentos arrastrados desde los techos o los árboles. En el comienzo no es nieve, piensa. Las formas van aumentando poco a poco en volumen y, sobre todo, en frecuencia; y cuando uno quiere precisar el verdadero comienzo del fenómeno advierte que en realidad ya asiste al hecho consumado y, digamos, en pleno desarrollo. Entonces el seguidor se olvida de atender al comienzo y entra en un estado similar al de abandono: sólo quiere observar y perder la mirada en la malla blanca. Incluso los copos veloces y oblicuos que cuando sopla el viento dibujan una red muy poco pacífica, y hasta caótica, tienen sin embargo ese mismo poder que él considera no exactamente hipnótico, sino sobre todo persuasivo, como si se tratara de una tranquila argumentación que busca convencerlo. Y en el extremo, a veces su ensoñación es tan meditativa, su actividad llega casi a cero, a tal punto que olvida estar contemplando la nieve sino al contrario, cree estar siendo observado por ella.

Se detiene en ese pensamiento. Qué piensa de él la nieve cuando lo ve absorto, mirándola. Eso para no hablar de la sinuosa relación que ha establecido con los muñecos. Nunca se atrevió a hacer ninguno, pero tiene una larga colección de fotografías que fue tomando en caminatas invernales. Entre todas las posibilidades, prefiere los dispuestos en los lugares públicos. Y de ellos, le despiertan más admiración y ternura los ubicados sobre los bancos, porque supone que a un muñeco de nieve sobre un banco de calle, por ejemplo le falta muy poco para adquirir vida y, llegado el caso, salir caminando.

Ha desarrollado una especie de radar para advertirlos escondidos en los lugares más apartados y problemáticos de los parques. Una vez vio uno bajo un árbol enano, sobre una piedra falsa que ocultaba la llave de riego correspondiente a ese amplio sector de césped y pequeños arbustos. No había senderos que llegaran hasta allí, el rincón tampoco era visible desde lejos. Y sin embargo un poder misterioso lo condujo hasta ese lugar. Se quedó pensando. Su sexto sentido daba de nuevo muestras de funcionar. Pero no tuvo más que fijarse durante unos breves momentos en el muñeco para saber que dentro de éste, y por lo tanto, suponía, dentro de cada uno, anidaba la voluntad de ser encontrado, de darse a conocer; y que esta hipotética, y por lo tanto indemostrable, manifestación de vida despertaba en el seguidor la habilidad para descubrirlos, constantemente dormida, y hasta ignorada, si la irradiación proveniente de los muñecos no la despertaban cada tanto.

Muñecos con aditamentos o sin ellos, con o sin piernas, redondeados como gnomos o rectilíneos como estacas o árboles esquemáticos. Cada uno de estos grupos admite innumerables criterios de clasificación, lo que acrecienta las variaciones posibles. El seguidor sabe que una taxonomía sería tanto una tarea imposible como una promesa de dedicación: se vería obligado a caminar más y a tomar más fotos, a conocer más muñecos y acercarse a ellos a veces disimuladamente, desde atrás como para sorprenderlos mejor. Ha encontrado seres pensantes, absortos en la cavilación desde el origen, con los ojos abiertos como lechuzas, e individuos risueños, con un sombrero de deshechos y una zanahoria mustia incrustada en el simulacro de nariz.

No debió reflexionar demasiado para llegar a la conclusión de que los muñecos de nieve, detrás del subterfugio de servir a la imaginación infantil y al entretenimiento familiar, son los encargados de preservar la memoria ante el eventual olvido que pudiera producirse si las nevadas y los extremos invernales se prolongaran más de lo acostumbrado. También es capaz de barajar hipótesis más radicales; por ejemplo, que así como los muñecos activan en las personas sensibles y merodeadoras, como él mismo, la intuición de que están escondidos en algún sitio cercano y que deben ser localizados, del mismo modo despiertan en otros individuos el deseo de poner manos a la obra para construirlos. La nieve misma, carente de forma todavía, o más bien con la forma que toma prestada de las cosas donde se ha posado, apenas está recién caída comienza a emitir ese latido no material a través del cual pide ser modelada para parecerse a la gente.

Como están menos expuestos al juicio de los demás, los niños son los primeros en correr hacia las superficies nevadas. El seguidor ha visto criaturas que caminan con dificultad y debido al apuro gatean o se arrastran sobre la nieve fresca hasta el lugar que consideran apropiado, y una vez allí comienzan a hacer un muñeco cuya forma resulta, para estos niños, impracticable y hasta inconcebible –y pese a eso, si bien con dificultad, lo hacen–. La única explicación posible para esta sorpresiva destreza es que la nieve induce el conocimiento de los bebés, y los guía para moldear el cuerpo del muñeco en el que ella, la nieve, busca convertirse.

El seguidor se interna en parques y callejones, avenidas desiertas y terrenos abandonados. La nieve parece igualar los espacios, y una de las pocas señales de distinción es justamente la presencia esporádica, pero estudiada, de los muñecos. Siempre al acecho y dispuestos a sorprender. Ha visto también muñecos de nieve en azoteas de casas y edificios, incluso en los más altos, desde donde vigilan al resto de la población de su especie como miembros de una hermandad de solitarios. No se pregunta por qué han sido hechos en esos lugares. Sí comprueba que son los que más duran. Mientras otros miembros de la especie adelgazan, se granulan o se pueblan de cráteres como víctimas de una lepra común, o pierden directamente algún costado o parte esencial del cuerpo, los muñecos de las terrazas conservan su presencia adusta y permanecen prácticamente intactos pese a la remisión general de la nieve. Parecen vigías atentos al asedio de la ciudad blanca. Desde abajo se los ve como estatuas estratégicas dedicadas a otra cosa, y que solamente cumplen con sus protocolos de muñecos para disimular.

El seguidor mantiene la mirada hacia lo alto, tratando de descubrir nuevas atalayas. Mientras tanto, desde este punto de vista, los muñecos elevados se hermanan a las estatuas cuando están nevadas. Frente a ellas se detiene a cierta distancia y les saca foros después de observarlas durante unos momentos como se interroga a las cosas nuevas. La nieve se acumula sobre los hombros de los artistas homenajeados, la grupa de los caballos que sirven a los próceres y en general, depe...ndiendo del viento, sobre toda superficie de tierra o bronce, horizontal o tendida, lo que convierte a las estatuas en figuras adornadas sin otro criterio que la dirección que traía la nieve, deformes por los grandes volúmenes agregados y teñidas de blanco. Esta deformidad aleja a los monumentos del mundo de los vivos todavía más. Cuando las estatuas coronan algún pedestal o escalera y están rodeadas de árboles y arbustos que les sirven de escenario, el seguidor ve las superficies blancas sobrecargadas de espesor y encuentra en ello una prueba de que la nieve, como la lluvia y otros fenómenos de la tierra, ignora las jerarquías.

Pero la jerarquía se impone a ellas. Ocurre con la nieve caída y abandonada. En los lugares más desamparados la nieve permanece y se opaca hasta convertirse en trozos ennegrecidos o fosforescentes de materia helada, o en volúmenes más o menos densos de barro gélido o agua escarchada. Es por donde transita o vive la gente que no tiene importancia, o por donde sencillamente no pasan las máquinas tripuladas. Pero el seguidor también se siente subyugado ante los efectos sucios del deshielo. Le gusta ver toda esa blancura estropeada, mezcla de nieve y agua estancada con arenilla, granos de sal o sustancias anticongelantes. Le gusta meter los pies en los charcos ocultos bajo la nieve vieja.

Camina con los zapatos envueltos en gruesos trozos de nylon que le llegan hasta las pantorrillas, amarrados con cordones viejos. Nunca le gustó usar ropa especial para la nieve; le parece impropio y, en un punto, aunque hasta para él mismo sea un argumento difícil de tomar en serio, indecoroso frente a la materia a la que rinde culto constante. Cree que con estas caminatas por calles y calles cubiertas de lodo acuoso y escarchado se verifica su adicción a la nieve. Es un punto del proceso en que las primeras huellas sobre la nieve fresca parecen lejanas y están hace tiempo borradas.
El seguidor es también un seguidor de pisadas sobre la nieve. Cuando ha nevado mucho, siente las primeras huellas sobre la superficie lisa como la promesa de un destino cierto, tangible; no puede explicarlo mejor. Observa las marcas de los zapatos, o directamente, si ha nevado mucho, los hoyos producidos por quienes lo precedieron, y esas hileras de rastros dejados por cualquier individuo, hombre o animal que camine por sus propios medios, lo exaltan a más no poder porque literalmente piensa que esa persona, humana o no, es quien en su recorrido va capturando los ruidos para dejar el área hundida en el silencio a medida que avanza. Sería algo así como el arreador de silencios.

El seguidor imagina un ejército vocacional de perseguidores, todos adictos a diferentes cosas. El buscador de cavernas, el merodeador de ruinas, el investigador de lluvias, el sondeador de alturas, el especialista en mares, el cazador de puentes, el detective de piedras, el rastreador de vientos, el interpretador de ruidos. La hermandad de secuaces, cada uno sometido a su propia curiosidad. En algún momento, supone, habrá un coloquio de estos creyentes sin iglesia, devotos más bien de un objeto solitario: la única de las variadas manifestaciones del mundo en la que creen.
Por otra parte, nada más alejado de la ciencia que la atención inamovible de estos investigadores. Están empujados por un interés perpetuo y superficial a la vez, y en ese sentido el coloquio será una plataforma de intercambio de anécdotas sobre la observación y de puntos de vista o hipótesis sobre algunos episodios particulares. El seguidor se ilusiona con descubrir a sus pares. Durante las estaciones cálidas, y por ende sin nevadas, tiene oportunidad de observar con más atención la conducta de vecinos y conocidos. Quiere encontrar alguna personalidad afín a la suya, que se le parezca, volcada en particular a algo medio indefinible. Se detiene en los distraídos y en los preocupados, incluso en quienes hablan solos y en quienes detienen sus pasos cuando el circunloquio mental que los abstrae se interrumpe por algún motivo, en general un obstáculo; y si es posible intenta seguirlos para descubrir algún punto que los hermane, el tic o el arrebato nervioso que, como un santo y seña, le sugiera que el otro pertenece a su misma creencia.

En uno de esos encuentros de especialistas le gustaría explicar sus hipótesis sobre las glaciaciones y el pasado abolido, con la esperanza de encontrar pensamientos afines, hermanados por criterios o premisas equivalentes que así demostrarían la pertinencia de reunirse como un grupo de personas con los mismos intereses y preocupaciones. Todos los pesquisadores tendrían en común una indiferencia natural hacia las acciones humanas, y en muchos casos hacia la presencia humana engeneral; y yendo más allá, el seguidor piensa que también sus colegas mostrarían un gran desinterés hacia la vida en el extenso sentido de la palabra. Las vidas de los animales y de las plantas les resbalarían por el costado, y su indiferencia no provendría de ninguna forma de desprecio, o de prejuicio aristocrático, sino del alto grado de especialización que habrán adquirido en sus propios ámbitos, y de los hábitos de su percepción naturalmente selectiva. Nada fuera de la propia adicción o deseo para los pesquisadores tendría importancia, ni acaso siquiera existiera.
El seguidor se imagina la rutina del primer coloquio. Estarán alojados en un hotel gigantesco y casi vacío, habilitado para ellos en un confín del mundo donde sucesivas tormentas de ceniza volcánica habrán desplazado a la nieve y a los visitantes. Desde ventanas y miradores verán el paisaje detenido, de un equilibrio perturbador, y no sabrán cómo llamarlo; sólo van a atinar a quedarse en silencio para tratar de descubrir alguna variante. Los cambios se producirán por la evolución de la luz y del juego de reflejos. Por ejemplo, el sabueso de paisajes sugerirá una aproximación. Tres elementos: montañas, bosques y lagos. Explicará que los lagos reflejan la luz proveniente de las montañas, y que los bosques, como masa oscura, buscan adueñarse de esa luz; dirá que hay una lucha establecida entre aguas y árboles: las aguas los duplican, apropiándoselos, mientras que los árboles las oscurecen. La descripción conformará a todos, y desde ese momento se desplazarán por los espacios circundantes como si fueran exploradores de un paisaje único y domesticado a la vez.
Piensa que luego de varias conversaciones los miembros de la hermandad olvidarán sus nombres, que habrán dejado de usar por irrelevantes, para pasar a llamarse según la parte del mundo que les ha tocado perseguir. El seguidor se llamará entonces Nieve; y los otros nombres, por ejemplo, serán Mar, Altura u Oscuridad. Tomarán la denominación de su objeto, y de ese modo estarán listos para convertirse en típicos protagonistas de fábulas y alegorías.
El seguidor se dará vuelta siempre que escuche “nieve”. Y al hacerlo, esclavo de su confusión, sentirá una mezcla de realización y desencanto cuando perciba que si bien la palabra lo interpela, no de manera suficiente como para estar seguro de que le pertenece por completo. Seguro que en algún momento alguien de la cofradía va a preguntar por la misión colectiva que los aúna, y que va a reclamar argumentos para estar seguro de los objetivos de todos ellos. ¿Deberían reemplazar a la ciencia?, dirá en voz alta; ¿deberían profesar una religión natural, entre paisajista y hedónica? El seguidor no podrá responder esas preguntas, ni tampoco recoger lo que plantean y expresar alguna opinión. Siente que las ideas propias pertenecen básicamente al objeto en el que siempre piensa y, por lo tanto, como ocurre con los atributos de algo, son en este caso efímeras, se derriten y enseguida desaparecen.

Pero hay una opinión que querrá expresar, imagina. Una opinión borrosa e intermitente. Para el seguidor, que sea intermitente no significa que carezca de importancia, al contrario, es una opinión persistente que si bien no plantea una urgencia propone un argumento que lucha por mantenerse a flote. El seguidor considera que el mundo ha envejecido, y que todos ellos, los integrantes de la cofradía, como testimonios vivos del interés que pueden seguir concitando los elementos y las aristas básicas de las cosas, no sabe cómo llamarlos, las señales elementales, las facetas o manifestaciones más vinculadas con la superficie visible, todos ellos expresan una última oportunidad para este mundo. No una última oportunidad en el sentido de ser literalmente la última, la final; sino última en el sentido de ser la oportunidad recién llegada.
El seguidor decide que rechazará cualquier digresión a la que pueda sucumbir o en la que quieran implicarlo; pero antes querrá decir que, en cualquier caso, no cree en la forma en que a menudo las últimas oportunidades son dramatizadas, en especial porque no entiende su significado. El seguidor proviene de esa zona alejada del mundo, donde por otra parte la nieve cae en una porción mínima del territorio. Tanto es así que uno podría decir, continuará explicando, que la nieve es casi el elemento más ajeno a ese continente de todos los que están reunidos en ese momento. Este hecho quizás explica su instantáneo arrebato durante las primeras e interminables nevadas de Nueva Jersey, como su posterior dedicación. La nieve. Lo menos familiar de todo, y por ello quizá lo desbordado y hasta lo pintoresco por excelencia, lo que escasea y se mira con los ojos bien abiertos. Ésa fue la idea que lo ganó. La idea de la nieve.
Seguirá diciendo ante sus pares que el territorio de donde proviene enseña muy bien que es posible vivir sin ella; y que es una enseñanza que otras regiones deberían incorporar. No solamente otros sitios del mundo, sino también otros elementos u órdenes de la realidad, como muchos de los que estarán en ese momento representados; porque, sostiene, la ausencia de nieve es el defecto o la ausencia, nunca la virtud, a través de las cuales el mundo se interroga acerca de sus diferencias. El seguidor sostiene que la región de donde proviene podría enseñar al mundo a vivir sin la nieve, y de ese modo, acaso, conjurar la amenaza, o eventualidad, de amnesias prolongadas.
Las ensoñaciones de tipo gremial o mundano suelen terminar con escenas como las precedentes. El seguidor las deja como si hubiera sido rescatado de una película que no avanza ni se repite. Cierra los ojos por unos momentos y después vuelve a abrirlos lo más despacio que puede. De esa manera le gusta encontrarse con el paisaje blanco, parecido a despertar en un sitio que en un primer momento puede ser otro. La nieve le brinda esas posibilidades, todo lo cubre. En ocasiones de nieve abundante, cuando emprende caminatas prolongadas y llega a esa zona indefinida en la que le resulta difícil distinguir señales y orientarse, le han servido de ayuda los ángeles de nieve, dispuestos en distintos ángulos y de dimensiones diferentes; y, si puede decirse así, cada uno reflejando una distinta personalidad y un propio deseo de dejar su marca sobre la superficie.

 El ángel de nieve es una creación humana, no divina, que consiste en caer de espaldas y con los brazos abiertos sobre un mullido espesor de nieve fresca, para comenzar inmediatamente a mover brazos y piernas, cerrándolos y abriéndolos. El resultado es una huella profunda con forma de silueta humana a la que se le hubiesen añadido alas y un par de aletas inferiores gigantes.
Alrededor de la silueta se acumula la nieve liberada por la caída y el movimiento, lo que le otorga más profundidad y una extraña reverberación física. Los efectos de la operación son tan extraños que resulta difícil distinguir entre figura y estela; y quizás debido a ello, piensa el seguidor, estos sellos corporales tienen ese nombre, debido a la huella medio humanoide que dejan y a su condición fantasmática. Por lo tanto, siendo cada ángel tan particular, dado que resulta del movimiento, el peso del cuerpo, la vestimenta, el tamaño de la persona que le dio origen, etc., el seguidor individualiza cada una de estas huellas como única. Y ello le permite orientarse en la estepa de laderas nevadas y árboles con ramas cargadas que soportan el peso de la nieve.
Supone que los ángeles de nieve son la contracara de los muñecos, en la medida en que consisten en nieve ahuecada. Y ambos son las creaciones humanas que el seguidor más atiende. Le gusta ver el efecto del viento sobre los ángeles, cuando la nieve parece pulverizada y vuela convertida en ráfagas, para depositarse sobre ellos y redondear los perfiles. O también le gusta ver las montañas que se forman cuando se limpian los caminos o las veredas. Las máquinas pasan y lanzan un fluido de nieve hacia el costado, formando una cordillera continua que acompaña el recorrido de la brecha. No puede estar seguro, pero la nieve le brinda la oportunidad de vislumbrar una vida que no se rija solamente por lo manifiesto. Este es uno de los típicos pensamientos del seguidor: el intento de discernir entre lo que la nieve oculta y lo que descubre. La nieve no promete nada concreto, y en su promesa falsa lo deja todo.

Si en alguno de esos futuros coloquios de pesquisadores con los que sueña de cuando en cuando, le pidieran que indique el punto de máxima empatía con la materia que ha hecho suya, en este caso la nieve, el seguidor diría, después de pensar un rato, que pisar la nieve crocante, cuando hace tiempo ha caído y ha perdido algo de aire y humedad, es la sensación más extraña y particular, le parece pisar una superficie que no pertenece al mundo de la naturaleza sino a alguno fabricado. En esos momentos en que sus zapatos están envueltos en gruesos trozos de nylon, y pese a ello percibe que tritura las piedras de nieve bajo sus pies, y escucha el consecuente ruido, probablemente también vea a niños del vecindario deslizándose por las laderas blancas sobre unas plataformas a veces improvisadas, que pueden ser tapas de contenedores plásticos o de tachos. Escucha nítidos los breves alaridos de excitación, y las exclamaciones aisladas cuando deben remontar la cuesta para lanzarse de nuevo.
Una y otra cosa, la pulverización de la nieve bajo sus pidas y el juego de los niños, son para él momentos de máxima exaltación. Cosas muy íntimas y muy ajenas a la vez. El seguidor imagina que en el coloquio habrá una ronda de intervenciones, y que cada especialista elegirá su momento de mayor amalgama, de quietud y de extrema sintonía con el objeto propio. Esos momentos en que la materia no rechaza ni tampoco ignora, que acepta el bajo precio que se le impone para servir como hogar y destino de lo humano.

“El seguidor de la nieve”, relato de Sergio Chejfec dedicado por el autor a Arturo Carrera e incluido en el libro “Modo Linterna”, Editorial Entropía, año 2013.-

En ese momento recordó a su padre, quien con estos indicios hubiera tejido un sistema de relaciones y diagnósticos detallados, casi de posibilidades infinitas, mientras él se quedaba confundido, tratando de calcular a duras penas el día en que vivía. Aquí se internó, reconoce, bajo el árbol, en un tema desdichado como el de la herencia, en su más amplio sentido. Heredar algunas facultades, gestos o inclinaciones no sólo es posible sino también sencillo; en muchos casos sólo hay que seguir el ritmo ya iniciado antes, como las marcas de las agendas, para encarrilar la vida. Pero cuando un hijo advierte la incapacidad de ser mejor que el padre la herencia se convierte en sentencia, siempre en carga, y al final en el mayor desconsuelo. Allí en el medio de la plaza advirtió que su padre había sido infinitamente superior a él, quien no era merecedor, como en efecto se demostraba todos los días, de absolutamente nada. Había tenido la valentía, audacia, de morir atrapado por un entredicho menor, una pendencia entre borrachines, el epitome de la muerte gratuita, mientras él, su hijo, pensaba en las mejores formas de tolerar el frío hasta el cierre de la panadería. ¿Cuándo se produjo el momento decisivo, el instante en el que una elección hubiera significado optar por la superación o el fracaso? Siempre hay una esquina donde doblar hacia un lado u otro decide la vida. No le importa saberlo para otra cosa que para imaginar, llegada la ocasión, un curso distinto de las cosas.

fragmento de “Cinco”, novela de Sergio Chejfec, Ediciones Simurg, año 1998.-

El auto avanzaba solitario y rodeado de sombras. Las luces encadenadas, superpuestas dada la lejanía, que en ese momento brillaban pálidas al fondo de la hondonada donde la ciudad se concentra como un enjambre –un enjambre de qué, podía preguntar, pero prefería no responderme–; esos destellos se mostraban vacilantes, o más bien amenazados, como pendientes de un error a punto de producirse.
Habitar el mundo produce cansancio y melancolía, vivir empeora las cosas, y cuando notamos que nuestro sitio es impreciso y todavía más, indecidido, nos rendimos sin ilusiones ni resistencia.
Dentro de la ciudad no alcancé a ver a nadie en las calles. La única actividad era la de los semáforos, que titilaban en amarillo. Hacia los costados se sucedían edificios a oscuras con muy pocas ventanas iluminadas, tras las cuales se discernían los típicos pulsos o reflejos de los televisores encendidos.

fragmento de “Vecino invisible”, cuento de Sergio Chejfec incluido en el libro “Modo linterna”, Editorial Entropía, año 2013.-

Ahora voy a contar algo que ocurrió una noche, hace varios años atrás, y los hechos relacionados de la mañana y la tarde siguientes. Al terminar un día igual: la noche, el cansancio, el silencio y la soledad, durante esa últimas acciones domésticas de la jornada a las que uno se entrega con resignación y miedo creciente, pensando que a lo mejor esta será la última noche, que el mundo se borrará durante el sueño o que nuestra alma, cuando despierte, se verá definitivamente separada de su cuerpo; durante el largo comienzo de aquella noche hasta el momento de acostarme y dormir pensé insistentemente en un amigo al que no veía, ni veo, desde hace años.

fragmento de “Los incompletos”, novela de Sergio Chejfec, Alfaguara, año 2004.-