sábado, 5 de diciembre de 2015

JOHN KENNEDY TOOLE


Ninguno de los pederastas en el poder será, por supuesto, lo bastante práctico para saber de artilugios como bombas. Esas armas nucleares se pudrirían en sus lugares de almacenaje. De vez en cuando, el Jefe de Estado Mayor, el Presidente y demás, vestidos con plumas y lentejuelas, divertirán a los dirigentes, es decir a los pervertidos, de los demás países con bailes y fiestas. Cualquier tipo de pleitos o disputas podrían resolverse en el salón de caballeros de una Naciones Unidas redecoradas. Por todas partes florecerán ballets y comedias musicales a lo Broadway y entretenimientos de este género, que probablemente hagan más feliz a la gente común que las proclamas lúgubres, agresivas y fascistas de sus anteriores dirigentes.

Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-


–¿Para qué vamos a llevar esa sábana vieja? –preguntó alguien–. Yo creí que esto iba ser una manifestación por los salarios.
–¿Sábana? ¡Qué sábana! –replicó Ignatius–. Estoy extendiendo ante vosotros la más orgullosa de todas las banderas, una identificación de nuestro objetivo, una visualización de todo lo que buscamos. –Los obreros estudiaron con más atención las manchas–. Si sólo deseáis irrumpir en la oficina como ganado, no habréis participado más que en un motín. Esta bandera por sí sola da forma y crédito a la sublevación. Hay cierta geometría ligada a estas cosas, cierto ritual que hay que observar. Bien, ustedes dos, señoras, esas de allí, tomen esto entre las dos, una de cada lado, y llévenlo así con honor y orgullo, con las manos bien alzadas, etcétera.

Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-


La señora Reilly maniobró y fue dando marcha atrás muy despacio. Al moverse el coche, sonó sobre sus cabezas un crujir de madera, crujir que se convirtió en restallar de tablas y chirriar de metal. Luego, el balcón empezó a caer en grandes fragmentos atronando sobre el coche con un estruendo sordo y pesado como el de una granada. Como un ser humano petrificado, el coche dejó de moverse y uno de los adornos de hierro forjado destrozó una ventanilla trasera.
–¿Estás bien, cariño? –preguntó angustiada la señora Reilly, tras lo que pareció el bombardeo final.
Ignatius emitió un gorgoteo. Los ojos azules y amarillos tenían un brillo acuoso.
–Di algo, Ignatius –suplicó su madre, volviéndose justo para ver a Ignatius sacar la cabeza por una ventanilla y vomitar por el lateral del abollado coche.


Fragmento de “La conjura de los necios”, novela de John Kennedy Toole, Anagrama, año 2015.-

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